La noticia cayó como un golpe seco en el corazón de la salsa. José Manyoma, esa voz de la calle que con su potencia y cadencia llenó de vida los rincones más calientes de la música afrocaribeña, ha partido. Su legado, sin embargo, sigue resonando en cada esquina donde el ritmo es más que un compás: es un sentimiento.
Lo conocí en Cartagena, una tarde de brisa tibia y sol dorado, de esas que parecen eternas en la Heroica. Era un festival salsero en el que las leyendas se daban cita. Entre los músicos y los bailadores, su figura destacaba no solo por su presencia imponente, sino por su humildad. «La salsa es el eco del pueblo», me dijo, con esa sonrisa franca y el tumbao de quien ha vivido entre trompetas y claves.
Manyoma no solo fue un cantante; fue un narrador de la cotidianidad, un tejedor de historias al ritmo de congas y timbales. Su voz ronca y profunda era el testimonio de una generación que encontró en la música su refugio y su arma. Desde su paso por el Grupo Niche hasta su legado como solista, cada interpretación suya era un viaje por los rincones más auténticos de la salsa dura.
Ahora, en los salsódromos y cantinas donde su voz encendía las noches, hay un luto que se siente en cada clave que golpea el aire. Pero Manyoma no se ha ido del todo. Su eco persiste en los vinilos que aún giran, en los pies que siguen el ritmo, en la nostalgia de los que saben que la buena salsa no muere, solo cambia de escenario.
Cartagena, donde lo vi aquella vez, suena distinta hoy. La brisa sigue trayendo el eco de su voz, como un recordatorio de que la música, cuando es de verdad, nunca deja de sonar.